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CaRPe DieM

¿Me habré enamorado?

Hacía varios días que no la veía. Quizá intentaba no pensar tanto en ella y centrarme un poco más en mi. Pero resulta que eso es imposible. Mi vida sin ella se convierte en un castigo aburrido, hastío y monótono. Vaya donde vaya, vea lo que vea, todo me recuerda a ella. Es como una dulce penitencia. La conozco desde hace no mucho, sin embargo, no consigo quitarmela de la cabeza. Cada vez que pienso en los momentos geniales que me ha regalado, día tras día, mi alma arde entre mil llamas. Así que ayer no pude más. ¡Necesitaba verla! He de reconocer que no fue un encuentro fortuíto. Sabía donde tenía que ir a buscarla. Y efectivamente, allí estaba. Tan bonita como siempre, quizá más. Perdí noción del tiempo y del espacio. Su perfecta silueta entró por mis ojos como un regalo del cielo. Parecía que algún dios caprichoso se había empeñado en traer el paraíso a mi universo. Todavía hoy no sé como explicar lo que pasó en aquel momento. Un simple gesto hizo que todo se oscureciera a su paso al iluminarse ella sobre todas las cosas. Incluso el sol se enoja por no poder doblegar su luminosidad. Una vez atrapados mis ojos en su figura, no tardó en desaparecer el sonido. Todas la voces y ruidos se convirtieron en lejanos susurros, casi inaudibles. Tan sólo los sonidos celestiales de un ser perfecto como ella podían ser captados por mis oídos. Podría asegurar que si en ese momento el mundo se hubiera destruido en pedazos, yo no me hubiera enterado. Es a esto a lo que me refiero cuando digo que es imposible olvidarla. Tiene algo, algo que mi capacidad no puede explicar, algo que la ilumina por dentro y hace que pierda la cabeza. Olvido todo lo demás, nada existe para mi. Mi mundo se reduce a su mundo. Todo lo que ella haga o diga se convierte en mi nueva forma de vida. Y cuando se aleja de mi, vuelvo a la cruda realidad. Una realidad que no me gusta si no es con ella a mi lado. Estos días sin ella han sido los peores que recuerdo en mucho tiempo. Así que después de unos instantes de perplejidad, decidí dar el gran paso. La miré fijamente, frío, calculador, incluso amenazante. Sujeté con firmeza su cuerpo de ensueño. Y con voz firme y sensual la dije: es hora de volver a jugar, querida PSP.
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